… Y ME FUI A ROMA

  

 

 

 

Sábado 9 de abril de 2005 (Roma)

 

 

Acabo de comulgar en el altar de la Gloria de Bernini, y digo comulgar porque sólo he llegado a ese momento de la misa. Otro regalazo más que me ha hecho el Señor en esta peregrinación a Roma por la muerte de Juan Pablo II.

 

Todo este viaje, que no sé si voy a ser capaz de describir, por la inmensa experiencia interior que contiene, ha sido y está siendo una gracia única.

 

El Papa murió el sábado 2 de abril, hace justo una semana. Yo estaba fuera de Madrid, con mi madre. Antes de que muriera, ya viendo por televisión las imágenes de la gente en la plaza de San Pedro y también en Madrid, yo sentía tanto no poder estar… Había un impulso interior que tiraba de mí.

 

Cuando murió, y comencé a ver cómo tanta gente se movilizaba y acudía aquí a Roma, yo quería y quería formar parte de eso. ¿Por qué? Ésta ha sido la pregunta estrella de los siete u ocho periodistas que me han hecho alguna entrevista en Roma.

 

¿Por qué?

 

Yo sentí especialmente el carismón de Juan Pablo II la última vez que estuvo en España. No pude ir a Cuatro Vientos, cosa que sentí con dolor en mi corazón, pero estuve en Colón. Aquella misa, aquel silencio de un millón y pico de personas en medio de la calle, aquella santidad que desprendía Espíritu Santo en un hombre tan enfermo, tan frágil, tan débil… pero que te levantaba a ti el alma y el espíritu, y te transmitía la fortaleza de la resurrección de Jesucristo con su presencia y su entrega.

 

Me he quedado siempre con ganas de ir a las Jornadas mundiales de la juventud, a esas manifestaciones de fe que el Espíritu provocaba a través de este hombre extraordinario, que traspasaba con su mirada, y con ella parecía trascenderlo todo, ver en todo otra dimensión, entenderlo todo desde un impresionante don de ciencia y de sabiduría.

 

Y ahora, al morir, y surgir esta voluntaria demostración de cariño, acción de gracias y ganas de acompañarle en el adiós, ese precioso A DIO de los pósters en las calles de Roma, yo tuve el impulso irrefrenable de estar aquí, de formar parte de esta manifestación de fe multitudinaria, profunda, única.

 

Así que llegué a Madrid y empecé a buscar un billete de avión como fuera. Eran las 9 de la noche; todo cerrado, pues a El Corte Inglés, única opción. Llego allí: “quiero volar a Roma”, y el chico se me queda mirando y me dice: “imposible”. Es que ni lo intentó. Pero yo no me di por vencida. Y me fui al otro Corte Inglés. Menos mal que allí una chica muy amable dijo “pues está muy difícil, pero vamos a ver”. Encontró plaza en Iberia y,  pregunta clave: “¿cuánto?” Pues algo así como mil ciento no sé cuántos euros. “No puede ser, tiene que haber algo por menos”. “Vamos a mirar en Alitalia”. Bueno, aquello se suavizó, aunque seguía siendo una pasada, quinientos treinta euros. El caso es que pendiente de si otra persona me acompañaba, no lo cogí. Y según me iba a casa me arrepentía y arrepentía y sólo pensaba “lo voy a perder, soy tonta, lo tenía que haber cogido”. Al llegar a casa, mi madre me confirmó que sí, que era tonta, que por qué no lo había cogido. Y yo seguía con ese impulso interior de que me tenía que venir a Roma por encima de todo. Me metí en Internet y empecé a buscar los vuelos de Alitalia. ¡Bueno!, que desaparecían de un minuto a otro. Ya no me lo pensé más, miércoles 6.30 de la mañana, sábado 21.20 la vuelta, 498 euros. Bueno ¿y qué? Es una ocasión histórica, no voy a vivir nada igual, lo tengo dentro, ME VOY. Mi madre dice que cuando ya le dije “mamá, tengo billete, me voy”, me había cambiado la expresión de la cara.

 

La otra historia era que por supuesto no había alojamiento. Pero de eso la verdad es que no me hice mucho problema. Si está todo el mundo en la calle, pues ya dormiré en algún sitio con la gente. Y así me iba, con mi saco y ya veríamos. Le pedí a Chus que preguntara a ver si los dominicos o dominicas podían dejarme dos metros en el suelo, aunque fuera en la iglesia, para tirarme allí en algún momento y al final envió un e-mail y los dominicos me acogieron en el mismo centro de Roma. Genial.

 

Lo que he vivido en Roma no ha sido un duelo, ha sido una fiesta. Ayer, viernes 8 de abril de 2005, la misa funeral por Juan Pablo II, nuestro querido Papa, en la plaza de San Pedro, fue una auténtica fiesta, un gozo, una proclamación de la resurrección de Jesucristo en él, de que Jesucristo verdaderamente le ha resucitado y eso era lo que estábamos celebrando.

 

Los aplausos, que se sucedían uno tras otro, cerrados, emocionados, entre lágrimas, eran el homenaje a un santo de Dios que nos ha transmitido tantas veces a Jesucristo, que nos ha dejado un legado, sobre todo, de esperanza. Porque eso es lo que nos ha llevado a vivir así su muerte, la esperanza, inyectada por el Espíritu a través de su vida en nuestro corazón. ¿De dónde si no este estallido de júbilo que fue la celebración de su despedida? Porque soy testigo presencial y emocionado de la alegría que revoloteaba sobre San Pedro el viernes, la alegría del Espíritu, la alegría que sólo provoca la presencia del Señor en medio de la vida, en medio de la historia de los hombres, aunque muchos no lo sepan. Porque estoy segura de que mucha de la gente que estaba allí no sabrá lo que exactamente ha vivido, el revoltijo de emociones que cada corazón haya podido experimentar, pero sí vislumbro que este acontecimiento habrá cambiado vidas y habrá hecho surgir en mucha gente un “algo” distinto en la vivencia de su fe.

 

Yo sentía ayer en esa inigualable celebración que el Papa estaba allí, sonriendo, resucitado, mirando con sus ojos de pillín a la multitud, interrumpiéndolo como tantas veces, también el día de su funeral.

 

¡Qué ungidísima escena la de los Evangelios sobre su féretro, con el viento pasando las hojas sin parar! Yo pensaba en cuál página querría el Espíritu dejar abierto el libro como última Palabra, como última herencia en su historia humana. Pero, de repente, el viento (el Espíritu) cerró el libro. “Todo está cumplido” pensé. En él ya se ha cumplido cada palabra del Evangelio, el libro se cerró definitivamente para él; ha vivido ya la plenitud de la buena noticia que tuvo el encargo de anunciar como sucesor de Pedro. Y ciertamente que lo hizo, infatigablemente, por todo el mundo. Ayer, en San Pedro, el mundo, representado en todos los que estábamos allí de todas partes, le agradecía de corazón la entrega de su vida, como Jesucristo, por todos nosotros.

 

Siete horas y media esperando para ver al Papa el miércoles 6, desde las doce hasta las siete y media de la tarde.

 

Siete horas y media contemplativas porque ¡mira que había españoles! pero ¡ni uno a mi alrededor! Estaba rodeada de italianos de fuera de Roma con los que no podía entenderme. Y, por supuesto, de polacos.

 

Esas siete horas y media, bajo un sol de justicia ese día, también fueron ciertamente una bendición.

 

Me había llevado el librito de Magnificat, para rezar algo durante la espera. También el libro de Juan Pablo II: Cruzando el umbral de la esperanza, y así, leyendo, que se me hiciera más corto; incluso tenía la intención de ir escribiendo desde entonces… pues nada de nada.

 

Aquello sólo fue esperar y esperar, contemplativamente. Hubo ratos para todo. Para observar mucho a la gente en los laterales de la Via de la Conciliazione (estuve siempre junto a la valla, por eso de que no me entrara la claustrofobia), a los periodistas que iban de un lado para otro entrevistando aquí y allá; en fin, observando todo el movimiento de aquella impresionante marea humana.

 

Tras cuatro horas aproximadamente entré en la plaza de San Pedro, por el centro, donde estaba formada la fila. Allí se oía perfectamente por los altavoces una sucesión de cantos y lecturas en diferentes idiomas que, verdaderamente, ayudaban a rezar. Sonaba intermitentemente una preciosa canción de Marco Frisina, Jesus Christ you are my life (Jesucristo tú eres mi vida), grabada en el año 2000 para una de las jornadas mundiales de la juventud. Y tras las diferentes lecturas, para mi deleite, música de Taizé. Otro regalazo.

 

 Al verme allí, en medio de aquella inmensidad, hacia las cuatro de la tarde, ya muy cansada por el viaje, haber dormido muy poco y la espera a pie firme, me quedé mirando todo a mi alrededor y empecé a preguntarme cómo el cristianismo ha llegado a establecer algo tan bello como es San Pedro, la plaza, la basílica y todo el entorno, como centro de la cristiandad; y todo me parecía designio divino, inconmensurable, fuera de cualquier previsión o plan humano, bendecido por siglos pasados y futuros por el Señor, y protegido por la presencia de su Espíritu, a pesar y por encima de toda la historia de la humanidad, con sus avatares y vicisitudes.

 

La primera vez que entré en San Pedro, en la basílica, no pude reprimir las lágrimas. El miércoles, al entrar por la puerta central, nunca abierta normalmente al público, y en semejante ocasión, me recorrió el cuerpo un no sé qué de honda emoción. De nuevo estaba allí, en una especialísima ocasión, ¡gracias, Señor!

 

Según recorría la nave central de San Pedro, por donde discurría la fila, el corazón se me llenaba de oración. Aún tardamos por lo menos media hora en llegar, ya dentro de la basílica, donde estaba colocado el Papa, delante del altar principal, donde la balconada del sepulcro de San Pedro. Por fin se iba a cumplir el objetivo de aquella larga espera. Los últimos metros creo que todos los hacíamos de puntillas, empinándonos para intentar verlo ya desde antes de llegar, porque era sabido que allí no nos iban a dejar ni pararnos. Y llegué delante de él, cámara en mano, para sacar al menos una foto. La hice, en medio de la emoción de estar por fin allí y la tensión de no poder ni pararme. Y según giraba hice una segunda foto pero claro, me echaban de allí. Me quedé en un lado, ya fuera de la fila, hacia atrás; quería orar, ante él, unos minutos. Me seguían echando. Pero yo seguía robando minutos a aquel entrañable momento. Lo habría prolongado mucho más. Me daban envidia los que estaban en los bancos a ambos lados de él. Ver al Papa me dio serenidad, un profundo sosiego. Agradecí al Señor su vida y su descanso, tras tanto sufrimiento, ahora y para siempre. Y al mismo tiempo brotaba de mí un gran cariño hacia él, la ternura infinita que él despertaba sobre todo en los últimos años, tan viejecito y enfermo. Sí, le agradecía al Señor su descanso por fin, y podía orar e interiorizarme delante de él, y eso que no daba tiempo a casi nada. Pero yo me seguí quedando allí, hacia atrás, en un lateral, unos minutos, hasta que me echaron por quinta vez.

 

Creo que me queda mucho para experimentar, si algún día llego, la fortaleza del Espíritu que ha vivido este hombre en su sufrimiento, mostrándolo sin ambages ni vergüenza.

 

El misterio de la cruz de Cristo era palpable en él.

 

Salí de allí feliz, agotada, pero con alegría interior. ¡Sin duda!: ¡había merecido la pena! ¡Qué privilegio!

 

 

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Y me marché, andando, despacio, ya de noche, a Via Condotti, a la casa de los dominicos, otro gran regalo de este viaje. Allí, con mi cama, mi ducha y en el centro de Roma. Y eso que yo me venía sin sitio para dormir, pero me venía. Pero el Señor hizo que al final me salieran alojamientos por todas partes: las dominicas también me daban cama, una amiga me había buscado la casa de una amiga suya en Roma, la señora que viajó conmigo en el avión me ofreció la cama sobrante de su habitación doble en un hotel, luego me enteré de que el ICCRS (la Secretaría internacional de la Renovación carismática) también me habría acogido; en fin… ¡impresionante! De todo esto me enteré entre las nueve horas antes de salir y la llegada aquí.

 

Pero la noche del jueves al viernes hubo que pasársela a la intemperie si, como yo, se quería entrar en la plaza para el funeral. Preguntando aquí y allá me dijeron que abrirían las vallas a las cinco de la mañana. Todos los accesos estaban cerrados. Pues allí que estaba yo a las once de la noche, buscando un hueco donde aposentarme. Era impresionante llegar a las inmediaciones del Castel Sant’Angelo. Todo el suelo era un revoltijo de gente tirada por allí, con sacos, mantas, mochilas y banderas. Un auténtico espectáculo, no sé si alguna vez visto en Roma. Eran miles y miles de personas al inicio de la Via de la Conciliazione, esperando la hora de poder acceder y pillar sitio. Y el prior de Via Condotti, de los dominicos, diciéndome: “no duermas sola”. ¿Sola? Pero si era absolutamente imposible. Cada milímetro de suelo, cada adoquín estaba literalmente tomado. Así que, al santo suelo, ¡y sin saco!, porque al final, cuando me enteré de que tenía cama, no me lo llevé. Cogí un par de periódicos y mi toalla y ¡ala! a intentar allí junto a la valla tumbarme al menos, y ponerme lo más horizontal posible. Sólo por un rato porque, de repente, alguien gritaba o se ponían a aplaudir y todo el mundo contra las vallas, como si fueran a abrir ya, y así la una, las dos, las tres … Y, por supuesto, sin dormir absolutamente nada. Además, aunque repartieron mantas, y bollitos, y té o leche caliente, yo no llegué a ninguna manta, que me hubiera venido de perlas, porque allí, al lado del Tíber, el relente del amanecer era frío, frío… ¡qué pena, mi saco! Y eso que la noche era buena.  Aquello fue toda una noche de vigilia, a la espera del gran momento: la apertura de la valla para entrar hacia San Pedro. A las seis de la mañana abrieron. Ése fue el momento más crítico y más difícil para mí. Había tal cansancio y ya tal impaciencia que en cuanto movieron las vallas el primer centímetro la avalancha fue totalmente incontrolable. Todo el mundo se abalanzó y los carabinieri y la policía no podían contenernos con un cordón humano de tres en fondo. Ahí lo pasé mal, bastante mal. Sólo rezaba, “Señor, que no se caiga nadie, y que nos dejen pasar pronto porque nos vamos a asfixiar”. En algunos momentos mis pies no tocaban el suelo, la masa era la que se movía. Fue agobiante. ¡Al fin dentro de la Via de la Conciliazione! Pero me esperaba otro parón antes de la plaza. Otro momento de agobio, pero más cortito. Todo mereció la pena cuando entré en San Pedro. ¡Pero si ya estaba llena de gente! Después de un buen rato buscando sitio dejaron entrar por dentro de las columnatas. Allí encontré mi lugar, el que estaba reservado para mí antes de salir de Madrid. Veía el altar perfectamente y tenía una pantalla enorme bastante cerca. ¡Objetivo conseguido! Lo demás fue vivir desde lo profundo de mi ser y con infinito agradecimiento por estar allí toda la celebración.

 

Yo sabía que el Papa era un hombre de gran oración pero, al ver en televisión un reportaje con anécdotas y momentos inéditos de su vida, me di cuenta de la cantidad de horas que pasaba ante el sagrario.

 

Estos días de Roma, aun con todo el ajetreo, han sido, sin embargo, para mí, de gran oración interior continua. Y le pedía al Señor que me concediera “algo” del espíritu de oración de Juan Pablo II, porque sé que ahí está el secreto de la vida en el Señor, en la relación íntima con Él. De ahí su fortaleza, su valentía, su dar la vida.

 

El ajetreo y el caos de Roma han sido ciertamente enormes. Sin embargo, ¡qué bendición si se puede ver con los ojos de la fe!

 

Ayer, cuando me metía en la cama tras 24 horas de vivencias extra-ordinarias, cogí el librito de Magníficat y lo abrí al azar. Salió el salmo 86, que dice:

 

Él la ha cimentado sobre el monte santo;

y el Señor prefiere las puertas de Sión

a todas las moradas de Jacob.

¡Qué pregón tan glorioso para ti,

ciudad de Dios!

 

Y, ciertamente, ¡qué pregón tan glorioso de fe, de esperanza y de gratitud ha sido esta ciudad de Dios estos días!

 

El Señor ha utilizado la vida y la muerte de este hombre del Espíritu para manifestar su gloria, para decir al mundo racionalista y descreído de hoy que Jesucristo es el único camino, el único sentido y la única verdad de esta vida.

 

Me quedo con dos de las palabras más oídas de Juan Pablo II:

 

Abrid las puertas a Cristo

 

No tengáis miedo

 

La gratuidad del amor de Dios es inimaginable. Sólo Él te da la oportunidad de vivir cosas, de que sucedan en ti cosas, que únicamente Él puede hacer. Todo este viaje, de principio a fin, es para mí una obra del Señor en mi vida, algo que sé que perdurará en mi corazón para siempre, y que dará fruto. Porque yo he sido movida a ponerme en camino. La decisión, estoy segura, no ha sido mía. Tenía que estar aquí. Lo que esto dé de sí sólo el Señor lo sabe.

 

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La puesta de sol desde un gran ventanal que da a las pistas de Fiumicino, el aeropuerto de Roma, es impresionante. Es mi despedida de un acontecimiento que no olvidaré jamás. ¡Gracias, Señor!

 

Siento en el corazón las palabras del penúltimo libro del Papa: ¡LEVANTAOS, VAMOS! Ese empuje que sólo el Espíritu Santo da a la vida y que le hace a uno levantarse (como los aviones que estoy viendo despegar), por encima de lo que “humanamente” nos aplasta y pesa cada día.

 

Esto ha sido una experiencia espiritual, mística, de las que cambian el corazón porque te hacen ver que la obra viene de arriba, que la vida de Juan Pablo II ha sido gracia, don, dejarse hacer… y el Señor, como un vendaval, a través de Él, ha movido, estoy segura, en su vida y, ahora, en su muerte, corazones y vidas.

 

¡GLORIA AL SEÑOR!

     Llorando agua viva en Roma                                                             Esther Llorente Esteban