Guiados por una estrella

(Chus Villarroel, O.P.)

 

                                                                                                                                                   

 

            Tal vez, si os digo una cosa, vais a decir que soy un fresco. Esa cosa es que yo, cuando predico o escribo, no acostumbro a preparar nada. Prefiero orar un rato y decir al Espíritu Santo que me ilumine; prefiero ser guiado por una estrella. No es fácil, porque hay que creerse que la estrella nos puede llevar a alguna parte. Los Magos se lo creyeron y yo, desde hace años, intento hacer lo mismo. Si no hiciera lo que siento, me consideraría un traidor. Ellos fueron guiados hasta Jesucristo y yo aspiro a recorrer un camino semejante.

            Imaginad que yo viniera de Madrid con todo preparado, ¿qué es lo verdaderamente os trasmitiría? Pues mis cosas, mis esquemas, lo que he leído, mis experiencias, mi manera de ver las cosas. ¿Os intereso yo para algo? ¿Os interesan mis cosas ? ¿Qué tendría eso que ver con vosotras, con vuestras situaciones, con lo que estáis actualmente viviendo?  Yo creo que la predicación es verdaderamente una obra del Espíritu Santo. Él, sí que os conoce bien, él, sabe como estáis en este momento, las palabras que necesitáis y hasta el tono justo en que hay que pronunciarlas.

            Yo lo que tengo que hacer es dejarme, entregar la predicación al Espíritu Santo, para que él, a través de mis labios, os pueda decir a cada una lo que necesitáis en verdad. El que te ama, el que os ama a fondo es el Espíritu Santo. Aunque me contéis lo que os pasa, aunque me detalléis cada una de vuestras penas o alegrías, yo no tengo la palabra justa ni el poder  para cambiaros, para deciros algo que os toque el corazón. Si esto se realiza, sucede un carisma que no es otra cosa que una aparición o manifestación del Espíritu

            “Vimos su estrella en Oriente y hemos venido a adorarle”. La estrella es una manifestación del Espíritu, es un carisma, que siempre nos lleva a adorar a Jesús. No busques razones, no trates de entender; sigue la estrella. Cuando no hay carisma actúa en su lugar la razón y ésta, aunque siga al pie de la letra las enseñanzas del evangelio, no es capaz de llevarnos a la cueva de Belén. Los carismas sólo acontecen en una dimensión fuerte de fe.

 En cierta ocasión, estaba predicando el Santo cura de Ars. Hacia la mitad de la iglesia, una mujer vestida de negro no cesaba de llorar. De repente, el sacerdote llama al monaguillo y le susurra: “vete y dile a esa mujer que entre el puente y el río hubo misericordia”. Siguió la predicación. Una vez acabada la liturgia, la mujer se acerca a la sacristía y le pregunta al sacerdote: ¿”Por qué me dijo esas palabras”? El Santo respondió: “No sé; sentí un impulso interior”. Ella añadió: “Yo sí lo entiendo. Mi marido se ha suicidado hace poco, tirándose de un puente al río”.

            Es una maravilla pensar cómo el Señor puso en el corazón del predicador una palabra sin que éste conociera el significado concreto. Eso mismo le sucedió a los Magos y me puede suceder a mí: que yo, sin conocer muchas cosas de vosotras, os diga una palabra por obra del Espíritu que os llegue al corazón y os quite las penas del alma. Para eso no es suficiente hablar con lo que yo traiga preparado, es necesario que actúe el carisma del Espíritu. Ábrete a esa acción del Espíritu. No es difícil que el Señor tenga esa misericordia contigo, si eres sencilla como lo fueron los Reyes Magos.

            Santo Domingo de Guzmán cuando iba a predicar a un pueblo, antes de entrar oraba diciendo: “Señor, no castigues a este pueblo por mis pecados”. Es decir, no dejes de actuar, no dejes de manifestarte por mi incapacidad, mi desidia e impotencia. Como podéis imaginar, yo que soy mucho más incompetente que Santo Domingo en todos los sentidos, también tengo que decir estas palabras: “Señor, no dejes de manifestarte, a pesar de mi pobreza, en el corazón del que me escuche o me lea”. La razón tiende siempre a convencer, el carisma a consolar y quebrantar.

            No es fácil seguir a una estrella. No basta con verla una sola noche, hay que contemplarla muchas veces hasta sentir que se mueve, que es real, que nos invita a caminar. Cuando los Magos comenzaron a caminar lo hicieron en pura fe. No eran científicos, eran hombres abiertos a la novedad. A los científicos no se les mueven las estrellas. ¿A ti se te mueven? Si contemplamos las estrellas con asiduidad y con corazón de niños, algún día se nos moverá alguna. Si la seguimos, toda nuestra vida será un caminar para adorar al recién nacido.

 

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Mateo, que es el único evangelista que nos narra el episodio de los Magos, nos cuenta cómo, siguiendo a la estrella, llegaron a Jerusalén. Y ¿qué sucedió allí? Que los judíos se pusieron nerviosos: “Al llegar los Magos a Jerusalén,  preguntaron: ¿”Dónde esta el Rey de los judíos que acaba de nacer? Hemos visto su estrella en Oriente y venimos a adorarle”. Al oír esto, el rey Herodes se sobresaltó y con él toda Jerusalén”. Los judíos se pusieron nerviosos porque las cosas nuevas e inesperadas nos descolocan a todos un poco. En especial, para todo lo referente a Dios, el pueblo judío tenía una sensibilidad muy afinada, y no siempre para bien, como en este caso.

El problema es que Dios formaba parte de la raíz más honda de ese pueblo. Hasta el punto de que era el Dios de su propiedad. Lo habían nacionalizado, lo habían politizado, lo habían hecho parte de su idiosincrasia y seguridad. Consideraban que los demás pueblos estaban dejados de la mano de Dios. Esto es una cosa muy grave, porque Dios no se puede dejar coger en esas redes. Dios es universal, la humanidad entera es obra de sus manos y nos ama a todos, aunque haga una historia distinta con cada uno de los pueblos y cada una de las personas. Apropiarse los dones de Dios es entrar por caminos de falsedad.

También nosotros nos podemos acostumbrar a Dios. Nuestra vida religiosa se acostumbra, a veces, congelamos a Dios y lo manejamos a nuestra imagen y semejanza. Cualquier novedad nos sobresalta. Una amiga de Canarias, de poco más de treinta años, me acaba de llamar diciéndome que le tienen que amputar un pecho. Esa es la palabra que ella usó: amputar. Me ha impresionado la noticia y más conociendo su manera de ser. Simplemente me dijo: “quería que lo supieras, reza por mí”. Ella conoce a Dios y frecuenta su trato. Evidentemente, estos días no trata con el Dios de siempre; le está vivenciando de una manera nueva. Dios ontológicamente siempre es el mismo pero vivencialmente en cada episodio de nuestra vida se nos presenta como nuevo. No podemos acostumbrarnos a Dios. Si lo hacemos, ya no nos dice nada.

Los que se acostumbran, tienen el peligro de rebelarse ante las situaciones nuevas y juzgar a Dios. Les entra pánico, como a Herodes, y se radicalizan endureciendo el corazón. “¿Por qué me pasa mí esto? ¿Qué mal he hecho yo”? Se les enfría la fe, la esperanza y la caridad. Pierden con facilidad el rumbo, se les muere la promesa y se les apaga la estrella.

Sin embargo, Dios no es malo. Él no nos envía el cáncer. Pensar así es vivir desde una teología pésima. El cáncer se produce por causas naturales. Ocurre cuando alguna célula se desprograma y empieza a crecer por su cuenta, originando, al final, un tumor. No es Dios el que nos mete con saña esa celulita mala en nuestro cuerpo. No sólo eso, sino que a Dios no le gusta el sufrimiento y la enfermedad. Son dimensiones distintas. A mi amiga, su cáncer le produce angustia y, no sólo no le separa de Dios, sino que le necesita más para poder asumir y soportar su realidad.

 

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Hay en el evangelio dos personajes que son figuras paralelas de los Reyes Magos: el anciano Simeón y Ana, la profetisa. Son también de los que son guiados por la estrella. Se les había anunciado que antes de su muerte verían al Salvador. Pasaron muchos años a la escucha. Un día, tan rutinario como otro cualquiera, escucharon al Espíritu: “Ahí está”. Y vieron a un niño en brazos de una pareja muy normal. Antes de pensárselo, sin dejar resquicios al escrúpulo ni al juicio, Simeón le pidió el niño a María y exclamó: “Ahora, Señor, según tu promesa, puedes dejar a tu siervo irse en paz, porque mis ojos han visto a tu Salvador”. Simeón no se acostumbró. Se mantuvo a la espera del que llega, del que está llegando siempre, del que no falla aunque parezca retrasarse. Tal vez le esperaba con un poquito más de rumbo y figura pero supo reconocerlo en su pequeñez y pobreza de niño. Al igual que los Reyes Magos, estos ancianos son imágenes del pobre del Reino, del que sabe esperar, del que confía más allá de toda razón.

No es fácil vivir el vacío de esta espera. No sé por qué me vienen a la memoria los ejercicios que prediqué en un convento de clausura muy numeroso. Es un convento de gran observancia. En una charla, dirigiéndome a ellas con mucho cariño,  les decía: “Hablo para las mayores de ochenta años:

 

-Vosotras suponed que el Espíritu Santo, pese a vuestra edad, os dice que os salgáis del convento.

-No, Padre, de ninguna forma, eso no puede ser.

Les repliqué:

-¿Pero si Dios lo quiere?  ¿Si Dios quiere que dejéis la vocación ahora?

Me contestaban casi consternadas:

-Toda la vida, nos han predicado que el tesoro más grande que tenemos es nuestra vocación vivida en comunidad. ¿Cómo va a querer el Señor que la abandonemos?

-El tesoro más grande que tenéis no es la vocación vivida en el convento. El tesoro más grande es Jesucristo y ése es el que no hay que perder nunca. Ese es vuestro tesoro.

No lo veían nada claro:

-No, no Padre. Siempre nos han dicho que la perseverancia es fundamental. Nosotras tenemos que morir aquí.

-Pero Dios os puede hacer una jugada. Pudieran repetirse las circunstancias en las que el Gobierno ha suprimido las Órdenes religiosas. ¿Que pasaría entonces?

 

            Como podéis imaginar no logré convencerlas. Sin embargo, a veces, es fácil participar de esta mentalidad en las que se pierde de vista la estrella. Para ellas, Jesucristo y la vida de comunidad en el convento, eran lo mismo. Hacemos a Dios, como los judíos, parte integrante de nuestra seguridad humana. Esto existe en los conventos y fuera de ellos, porque nuestra tendencia hacia el pasado, hacia lo viejo e inconmovible, es innata. Nos asusta el futuro, lo inseguro, lo aún no probado. Por eso nos acostumbramos a Dios vitalmente aun a costa del más rutinario tedio; necesitamos quitarle su punta de inseguridad. De ahí a ser Herodes, no hay más que un paso.

Suponeos, que la novedad de Jesucristo se os presenta en forma de novicias nuevas. Hace muchos años que aquí no entra una joven. El problema no es fácil. Las chicas vienen con otra cultura, otras formas, otra visión de la vida muy distinta de la vuestra. ¡Qué tentación más grande la de hacer como Herodes! Vosotras os parapetáis y decís: “que nadie nos desestabilice, nada fuera de lo estatuido, de lo que hemos vivido siempre”. Ellas, no obstante, llegan como los Reyes Magos, guiadas por una estrella y contentas de poder encontrar a Dios aquí.  ¿Qué Jesucristo les vais a enseñar para que le adoren? “No, nosotras, nuestras costumbres lo que se ha hecho siempre”. En vez de Jesucristo les enseñáis costumbres. Me temo que les vais a matar la ilusión.

Conozco matrimonios que no quieren tener hijos para no sentirse desestabilizados. Un niño cambia mucho la vida de la pareja. Ya no puedes hacer tu vida, todo se te complica, pierdes libertad. Puede más el egoísmo que el deseo hondo y visceral de maternidad y paternidad que la naturaleza ha inscrito en nuestro código humano. Actitudes así, degeneran la personalidad y el matrimonio pierde su sentido más íntimo. ¡Qué fácil es ser Herodes! En estos años vienen a España multitud de inmigrantes. Buscan trabajo y una vida más digna. Son Reyes Magos a los que es fácil marginar. Activamos contra ellos nuestras defensas porque no tienen nuestra religión y, a veces, ni siquiera nuestra cultura. Vemos por la calle un inmigrante con aspecto distinto e, instintivamente, segregamos una muralla y le ponemos malas intenciones. Tal vez sea una persona tímida, llena de miedos y complejos, sintiéndose culpable de incomodar nuestra burguesía, que sólo ha venido para poder enviar unos euros a su familia hambrienta, y nosotros le percibimos agresivo y lleno de intenciones aviesas, exactamente las mismas que las que Herodes atribuyó al Niño Jesús.

 

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Todas estas cosas no las realiza sólo un individuo, por muy Herodes que sea: “Al oír esto se sobresaltó el Rey Herodes y con él toda Jerusalén”. También las comunidades deben ser guiadas por la estrella. Las comunidades nacidas de la carne y de la sangre tienen sus raíces y se alimentan del pasado, como la familia o el grupo de amigos. Las comunidades del Espíritu se alimentan del futuro. Las primeras son, por naturaleza, exclusivistas; las segundas acogen la novedad porque viven de ella. Una comunidad del Señor, como es un grupo de oración, una comunidad religiosa, una parroquia, no tiene pasado. Vamos siendo reunidos sin conocernos antes. No hay unas raíces comunes en el pasado. Por eso tienen que ser radicalmente abiertas a todo lo nuevo porque es la única forma de que el Señor se pueda hacer presente cada día. Si nos anclamos en lo viejo, no permitimos que el Niño nazca en medio de nosotros.

Una comunidad como la vuestra, aunque la media de edad sea más bien alta, no puede vivir del pasado porque tendríais secuestrado a Dios. No sólo eso, os invadiría la frustración y el descontento interior; dejarías de encontrar sentido a la vida religiosa. Por eso no podéis envejecer. La vejez sólo está en el cuerpo y en la psicología. El espíritu no puede envejecer. Lo viejo es lo carnal, lo acostumbrado, lo cerrado a la novedad de Dios. El Espíritu renueva continuamente todas las cosas para que no se agote el camino, para que podáis seguir siempre a la estrella, para que puedas llegar al lugar donde está acostado el niño Jesús.

Esta es una experiencia espiritual que sólo la puede realizar el Espíritu pero que debemos pedirla de continuo, no dejándonos vencer por las tendencias naturales de la carne. Esta pelea la experimento yo muy viva dentro de mí. Me digo: “Chus, tu no eres viejo aunque hayas nacido en el treinta y cinco. Ha envejecido tu cuerpo, tus células, tus lumbares pero por dentro sigues deseando y esperando el futuro como un chaval”. Si me cambiaran el chasis y me pusieran uno de veinte años creo que funcionaría a las mil maravillas. Sería terrible que me rejuvenecieran la carcasa y el alma siguiera siendo vieja. Si a vosotras os rejuvenecieran y no pusierais en peligro el voto de castidad del capellán es que estaríais viejas y no valdríais ni para el capellán ni para Dios.

Los seguidores de la estrella, del Dios de Simeón, del Espíritu, no pueden permitirse dejar de ser jóvenes. Hay que seguir esperando que Dios se te va a revelar, que  te va a decir algo nuevo, incluso en este libro. La esperanza; esa es la virtud de la juventud. Es la convicción honda de que, como dice Isaías, 43, 18, algo nuevo está naciendo: ¿”No os acordáis de lo pasado, no caéis en la cuenta de lo antiguo. Pues bien, he aquí que yo lo renuevo, ya sucede, ¿no lo reconocéis”? La esperanza, virtud teologal, confía en que a lo largo de nuestra vida van a suceder cosas grandes y, aunque, no sucedan, la propia esperanza es el mejor suceso imaginable. La esperanza dinamiza el presente, lo ahonda y lo motiva hasta hacerlo trascendente. Ese es el talante de todo la Palabra de Dios: “La creación entera gime y sufre dolores de parto esperando verse libre de la esclavitud de la caducidad. También nosotros, que poseemos la primicia del Espíritu suspiramos por el rescate. Nuestra salvación es en esperanza; y una esperanza que se ve, no es esperanza, pues ¿cómo es posible esperar una cosa que se ve? En cambio, esperar lo que no vemos es aguardar con paciencia (Rm. 8, 20-25).

Por eso, hay que liberar a nuestro Dios de viejas categorías filosóficas, políticas y sociales. Decir que Dios es poderoso es una proyección política. A los coreanos les es imposible imaginar a Cristo como rey. El tener que celebrar la fiesta de Cristo Rey lo consideran como una imposición cultural. Hay que volver al Dios de la gratuidad, al Dios que se revela en el camino. De lo contrario, viene la modernidad, seculariza estas categorías, y nos quedamos sin Dios como tantas veces ha sucedido. Dios es como es y, si seguimos la estrella, se nos revelará el lugar. Dicen que en el cielo no hay teólogos. Dios, en un arrebato de cólera, les envió a todos al infierno. Tuvieron la desfachatez, delante del mismo Dios, de discutir acaloradamente sobre cómo era la esencia divina. Un día, Dios ya se cansó y gritó: “Fuera de aquí todos vosotros, al infierno; yo soy el que soy”. Yo tuve dos profesores de filosofía, de lo más clásico que os podéis imaginar. Cuando se murió el último de ellos, el otro le esperaba en la puerta del cielo. Le recibió contentísimo con un fuerte abrazo diciéndole: “Tuvimos razón en lo de la causa primera, pero todo lo demás que enseñamos ni se te ocurra mencionarlo aquí”.

El itinerario para ti, que estás encerrada entre estos muros conventuales, tiene que ser un itinerario interior. No te aflijas, que te ha cabido en suerte lo que Jesús llamó “la mejor parte”. Lo único que te digo es que, cuando vayas a tu celda, no pienses en Dios porque le aplicarás conceptos y le ensuciarás la cara. He oído decir a muchos frailes que, después de reflexionar y meditar durante largos años, apenas han conseguido sentir algo de la presencia de Dios. Tú, déjate sorprender por el Dios de la gratuidad y vivirás muchos de esos ratos de cielo que hay en los monasterios. Al hacer oración en la soledad de tu habitación, coge la Biblia y lee; el Espíritu te ungirá muchas frases y disfrutarás largo rato, alimentándote de ellas. Como dice Jesús: “el que pueda entender, que entienda”. Esta unción te hará sentirte esposa y llorarás lágrimas de felicidad sobre el libro. De ese modo, serás la imagen perfecta de María que, sin duda, derramó en la cueva muchas lágrimas de felicidad y de adoración sobre el Niño.

Yo me siento en camino, como los Magos. Para mí la fe es algo muy importante. Si cierro los ojos y me miro por dentro, no me puedo imaginar a mi mismo sin fe. Me veo oscuro, sin norte, sin sentido. Es importantísimo en la vida tener un lugar hacia donde caminar. Es evidente que la fe es en sí misma una prueba; para seguir la estrella hay que caminar de noche. Cuesta mucho vivirla. En mi vida de sacerdote he pasado por muchos momentos de oscuridad. He llegado a pensar que mi estrella no me llevaba a ninguna parte. Me entraban tentaciones de pararme, de ser uno de tantos, de vivir en una casa estable, sin sobresaltos, sin mirar demasiado hacia arriba. Hoy sigo caminando sin haber llegado, pero he entrado en un territorio en el que me siento a gusto. Me siento a gusto como sacerdote; no lo cambiaría por nada. A veces, hasta me regodeo por el camino hecho y las dificultades superadas pero, sobre todo, porque mantengo, más viva que nunca, la esperanza de encontrar algo.

            Que nadie se equivoque. No me siento a gusto desde mis perfecciones. No, ni desde mis virtudes, que ni las tengo ni las doy demasiada importancia. Me siento a gusto desde la estrella, desde la fe. Ésta no me exige que en un momento concreto de mi vida tenga determinadas perfecciones; me exige que siga en marcha, que siga creyendo que hay un lugar donde se va a posar la estrella. Santo Tomás de Aquino dice que la perfección en sí misma es inalcanzable. Es una idea, una abstracción. Por eso en ningún momento se te exige que hayas alcanzado una meta. La perfección consiste en caminar, la perfección es la estrella, es la aventura, es la fe. La perfección está en ser fiel a tu llamada, al lugar donde te ha colocado tu vocación. Ahí podrás ofrecer al Señor todo lo que posees: tu oro, tu incienso y tu mirra.